La canción de Pink Floyd vuelve a ester de moda y no es de extrañar.
Sólo soy una humilde profesora de clásicas del instituto público de ESO y Bachillerato Arraona de Sabadell. No quiero agobiarles con infinitud de anécdotas sobre mis veinte años en la profesión. Ante la situación que vivimos en Cataluña he llegado a una serie de conclusiones ante las cuales no quisiera que el lector se quedara indiferente.
La primera de ellas hace referenencia a la calidad de la enseñanza pública. Como docente me he dado cuenta, y no es muy difícil percatarse de ello, que en los últimos quince años nuestro alumnado ha cambiado. Las clases magistrales no funcionan en la mayoría de los casos y eso viene corroborado por los expertos en didáctica. La revolución tecnológica y la proliferación de la información no ha dejado indiferente a nuestro alumnado, más bien todo lo contrario. En Cataluña, para paliar la alfabetización digital, se promovió el proyecto 1×1. Cada alumno tiene su propio ordenador personal con el que va a clase en la que el profesor tiene también un ordenador y una pizarra digital. Pues bien, el proyecto ha sido abortado por la Administración y su política de recortes. Otra vez el muro. No hay dinero para motivar al alumnado. No importan las cifras de fracaso escolar, no importa el auge del déficit de atención, no importa que estemos formando a las futuras generaciones que son nuestra esperanza, sobre todo cuando se rumorea que no va a haber dinero para las pensiones. Ya no importamos. La administración se ha convertido en un nuevo muro. El debate interno entre academicistas y alternativos ha pasado, como se diría de forma eufemística, a mejor vida, ya no constituye un muro para los que creemos en la revolución de la enseñanza. De hecho el nuevo muro nos ha unido.
La segunda conclusión es el recorte de los presupuestos para la enseñanza pública. No estoy hablando del 1×1 sino del mantenimiento, léase, agua, luz, gas y servicio de limpieza. El secretario del instituto Arraona donde intento sobrevivir a la situación declaraba a la cadena Ràdio Sabadell, “no tenemos un duro. No podemos pagar las facturas de la luz, del gas o del agua ni los 6.000 euros mensuales a la empresa del servicio de limpieza”. También afirmaba que no se impartirán clases en condiciones indignas, no permitiremos que los alumnos trabajen a la luz de las velas o vengan con mantas de casa.
En este contexto ustedes creen que podemos hablar de calidad de la enseñanza, de que una escuela pública de prestigio es símbolo del estado de salud de un país o nación que se precie. Un instituto como el Arraona que se enfrenta al reto de integrar la inmigración (buena parte de nuestro alumnado) y otras problemáticas sociales y culturales no se lo merece, repito, no se lo merece. Y no se lo merece porque durante años ha sido un instituto invisible a los ojos de la administración, pero esto es ya demasiado.
Como esto va de canciones (quien canta su mal espanta), una de Ana Belén contra la guerra, proclama que no quiere morirse vacía, sola y sin haber hecho lo suficiente. Pues bien, hagamos lo suficiente, llevemos la camiseta amarilla, la papeleta de”no a les retallades” y salgamos a la calle hasta que tiemblen los muros que se han erigido fatuamente.


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