El ideal autoritario marxista

A la hora de estudiar y entender los movimientos económicos, sociológicos y políticos de nuestro tiempo el hombre debe comprender que pese a lo teóricamente perfectas que puedan resultar algunas construcciones ideológicas la realidad es muy distinta y cuanto más perfecta se presenta una construcción política más peligrosa puede resultar para el conjunto de la sociedad. Este es el caso del marxismo que basándose en las teoría económica de Adam Smith y la teoría utópica política de Saint Simón planteó la reordenación de la sociedad de una forma ideal en donde no existiesen las clases sociales. Una reordenación de la sociedad que prometía un mundo más justo e igualitario bajo la premisa de que el hombre es bueno por naturaleza.

El ser humano como individuo necesita de los ideales para plantearse su vida a largo y medio plazo. El ideal personal ayuda a crear una figura imaginaria de lo que queremos ser en un futuro. Esto no quiere decir que lo que vayamos a ser en un futuro tenga que ser algo parecido a lo que imaginamos como nuestro ideal. De hecho, con frecuencia el ideal suele cambiar conforme vamos aprendiendo lo que queremos para nuestras vidas. Sin embargo, cuando el ideal personal se transforma en el ideal global o el ideal social los peligros que pueden surgir están más asociados al autoritarismo que al idealismo personal.

La ideología adoctrinadora del marxismo resultó durante muchos años una de las más creíbles y embriagadoras para los intelectuales del mundo entero debido a que en gran medida era capaz de explicar la realidad de forma casi completa. Todo ello estaba basado en ciertas premisas que resultaban pseudocientíficas y a través de las cuales se podía explicar de forma lógica la evolución de la historia (Karl Popper) y el futuro que estaba por venir. En su conjunto, el marxismo fue desde sus inicios una teoría utópica pero debido a las grandes proezas y beneficios que ésta prometía en el largo plazo para el conjunto de la sociedad muchas fueron las personas que se esforzaron en defender la causa revolucionaria.

Posiblemente una de las razones más poderosas que explican por qué el marxismo gozó  durante los siglos XIX y XX del respaldo de tantos intelectuales es precisamente esa falsa premisa de que los hombres somos buenos por naturaleza. Bajo esta falsa premisa idealista se construyó la falsa creencia de que era posible una sociedad justa y feliz que viviese en armonía.

De hecho, una gran parte de la sociedad creyó que los medios para alcanzar ese fin no importaban porque el fin mismo era superior a todo aquello que se interpusiese en su camino. Así fue como de forma casi mesiánica el marxismo se fue expandiendo por toda Europa a lo largo de los siglos XIX y XX. El objetivo final revolucionario de la doctrina era unir a todos los obreros del mundo para que se rebelasen contra la clase social burguesa, la cual durante siglos había estado explotando al obrero. Y es que, según creía Marx tras la revolución del proletariado un gobierno dictatorial dirigido por obreros se alzaría en el mando y tras años en los que el pueblo y la sociedad vivirían bajo las órdenes de este gobierno, que trataría a todos por igual, la última revolución llegaría de forma pacífica para permitir que todos los hombres viviesen en armonía y felicidad. Por supuesto, la realidad histórica y el devenir de los acontecimientos han sido muy diferentes a como Marx los había imaginado.

Desde 1917 y hasta 1989 la URSS se convirtió en el laboratorio de ideas donde se desarrollaron todos, o casi la mayoría, de los principios que el marxismo defendía. La propiedad privada fue abolida y convertida en un delito. Todo pasó a formar parte del estado organizándose el sistema en torno a una producción centralizada. La producción industrial y agrícola del país se organizaba en planes quinquenales y los trabajadores tenían derecho a una parte de todo lo producido por el estado a través de las cartillas de racionamiento. El país estaba gobernado por el partido obrero quien supuestamente miraba por los intereses de los trabajadores en lo que llamaron la democracia obrera. Pero lo cierto, es que la naturaleza del estado no era democrática,  quien no aceptase los términos del partido era considerado enemigo del estado y desterrado a Siberia donde el partido había creado alguno de  los campos de concentración más aberrantes de todos los tiempos. El partido dominaba el poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial y lo que inicialmente fue creado con la idea de vivir en un mundo más igualitario se convirtió en la paradoja de la igualdad en la desgracia. Los rusos se encontraban igual de indefensos ante la ley, igual de desprovistos de derechos e igual de explotados por los excesos de su gobierno. La prensa y el cuarto poder fueron abolidos y sustituidos por aparatos de propaganda partidista. La cultura, la religión y el conocimiento fueron censurados y sesgados para adaptar todos ellos a lo que el ideal del movimiento marxista defendía. La pobreza que ya estaba extendida por todo el país se extendió aún más y las desigualdades entre los ricos y los pobres aumentaron de forma abismal. Y pese a que los fines que promulgaba la ideología comunista parecían ser los más loables de la historia de la humanidad la realidad fue bien distinta.

Y la libertad, que es el bien más preciado para el ser humano fue la gran perjudicada. Esa libertad que nos permite emprender nuevas aventuras y equivocarnos o que nos brinda la posibilidad de ser quienes queramos ser y que nos permite cambiar nuestros ideales personales en caso de que no nos acaben de convencer. Esa libertad  que nos ofrece la posibilidad de pensar por nosotros mismos lo que es justo e injusto fue suplantada por el ideal autoritario de unos pocos que estaban al mando y que creían tener la idea genial que cambiaría el mundo.

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