Fuerzas armadas, reforma y ruptura

En septiembre de 1976, treinta altos mandos militares de los tres Ejércitos acudieron a la sede de la Presidencia del Gobierno, sita en el palacete de Castellana 3, convocados por un presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, deseoso de presentarles su proyecto de Reforma política. Las Fuerzas Armadas eran en aquel momento el máximo poder en España y, aunque leales al sucesor de Franco a título de rey, desconfiaban de los planes de Suárez. Eran herederas del Ejército victorioso en abril de 1939 y profesaban un furibundo anticomunismo. En esa reunión crucial Suárez anunció a sus invitados que se legalizarían todos los partidos políticos, con una excepción: el Partido Comunista. “Eso no podemos hacerlo, por nuestros muertos y por patriotismo”, confesó el presidente del Gobierno[1]. Apenas siete meses después, en la Semana Santa de 1977, el Partido Comunista era legalizado. El ministro de Marina, almirante Pita da Veiga, presentaba su dimisión a Suárez, en un gesto que evidenciaba el descontento que la inesperada medida generaba en el estamento militar.

¿Engañó pues Adolfo Suárez a los militares en la reunión de septiembre de 1976? Probablemente, no, aunque muchos de ellos se sintieron engañados por él cuando llegó el Sábado Santo Rojo. Al cambio de parecer del presidente el Gobierno coadyuvó sin duda la enorme manifestación de duelo popular tras el asesinato, en enero de 1977, de los abogados laboralistas de la calle Atocha por pistoleros de la extrema derecha. Pero lo que debió de influir decisivamente en Suárez fue el pacto secreto alcanzado en vísperas de la muerte de Franco por don Juan Carlos con Santiago Carrillo a través de persona interpuesta.

Efectivamente, el Príncipe de España envió a su embajador oficioso, Manuel Prado y Colón de Carvajal, a Rumania con la misión de entrar en negociaciones con Carillo a través de Nicolae Ceaucescu. El diálogo indirecto fructificó y se llegó a un acuerdo: don Juan Carlos promovería la legalización del Partido Comunista cuando accediera a la Jefatura del Estado a cambio de que Carrillo aceptase la Monarquía y el régimen demoliberal[2]. La jugada del Príncipe era arriesgadísima; si hubiese trascendido que abrigaba la intención de legalizar el Partido Comunista cuando fuera rey, Franco podría haber revocado la decisión sucesoria.

El mentís de Suárez enfureció, en efecto, a las Fuerzas Armadas en general y al sector más apegado al franquismo en particular. El 23-F no se explica sin la legalización del Partido Comunista, aunque la brutal ofensiva terrorista de ETA y la percepción del proceso autonómico como amenaza a la unidad de España  lo motivaron tanto o más.

Pero aquella noche de insomnio para los diputados retenidos en el Congreso y para la inmensa mayoría de los españoles, casi todos los capitanes generales se mantuvieron leales al Rey, esto es al heredero de Franco, y no secundaron el pronunciamiento. El estamento militar, pues, aunque fuera por omisión, completó la misión de garantizar pacíficamente la Reforma, obedeciendo las órdenes de su Jefe Supremo.  Pero el 23-F supuso el inicio del fin de lo que Amando de Miguel denominó acertadamente “poder disuasorio de las Fuerzas Armadas”,  y que había desincentivado cualquier tentación rupturista en la oposición.

Apenas hubo veleidades rupturistas en el estamento militar. Éstas quedaron circunscritas a la Unión Militar Democrática (UMD), organización clandestina de corta vida fundada  en septiembre de 1974 por militares antifranquistas influidos por la triunfante Revolución de los Claveles en Portugal. La abrumadora mayoría de los hombres de armas en España se consideraban herederos del Ejército de la Victoria y bajo ningún concepto habrían tolerado la voladura del legado de Franco. La transición portuguesa fue muy distinta. Como vamos a ver, allí las Fuerzas Armadas, en conjunción con los comunistas, encabezaron y ejecutaron la ruptura con el régimen autoritario.

El descontento del estamento castrense portugués con el Gobierno de Marcelo Caetano arranca en los decretos de 1973 que facilitaban la profesionalización de los oficiales de milicias en unos términos insultantes para una oficialidad profesional desgastada por la guerra colonial que se libraba en Angola, Mozambique y Guinea-Bissau. Se constituye el denominado Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) encabezado por el general Spínola. El 25 de abril de 1974 tiene el lugar el golpe, que triunfa rápidamente, procediendo los militares rebeldes al arresto tanto de Caetano como del presidente de la República, Américo Thomaz. El Estado Novo había llegado a su fin. Spínola asume la presidencia de la Junta de Salvación Nacional primero, y de la República después, pero la creciente hegemonía comunista en el Gobierno y en las Fuerzas Armadas le obligan a dimitir en septiembre de 1974. Con el mariscal Costa Gomes en la presidencia y Vasco Gonçalves al frente del Gobierno provisional, la revolución acomete la reforma agraria y la nacionalización de los medios de producción en manos privadas.

El fallido golpe de Spínola en marzo de 1975 provoca radicalización del proceso revolucionario. Se constituyen el Consejo de la Revolución, destinado dirigir la vida socio-política y militar y la Asamblea del MFA. La izquierda militar impuso además el primer pacto entre el MFA y los partidos políticos, en virtud del cual éstos se autolimitaban en su capacidad de intervención política y se comprometían a no intervenir en la labor del Gobierno, que quedaba en manos de los militares “gonçalvistas”[3]. No obstante, las elecciones celebradas en abril de 1975 dieron la victoria la Partido Socialista de Mario Soares, seguido del PPD (actual PSD). Los comunistas quedaban relegados al tercer lugar, quedando patente que la mayoría del pueblo portugués no estaba por la revolución. Pero la eliminación definitiva de la influencia comunista, no llegaría hasta el 25 de noviembre, cuando una insurrección de la izquierda revolucionaria fue neutralizada por los militares moderados, con Costa Gomes al frente. La Constitución aprobada en 1976 consagraba varias de las reformas de carácter socialista  y mantenía el Consejo de la Revolución, encargado de fiscalizar la constitucionalidad de las leyes y legislar en materia militar. No sería suprimido hasta 1982.

En España, en cambio, la casi inquebrantable unidad, disciplina y lealtad de las Fuerzas Armadas hacía imposible que éstas se contagiaran de una ideología revolucionaria. Asimismo, a pesar de la legalización por sorpresa del Partido Comunista y de la ofensiva terrorista desencadenada contra el Ejército y la Guardia Civil, el grueso de las Fuerzas Armadas acató la Reforma política y la Constitución de 1978.


[1] , DE LA CIERVA, Ricardo, El 23-F sin máscaras, Editorial Fénix, Madrid, 1998, p.50.

[2] Ibid. pp. 38-39.

[3] SÁNCHEZ CERVELLÓ, Josep, La Revolución de los Claveles en Portugal, Arco Libros, Madrid, 1992, p. 54.

  2 comments for “Fuerzas armadas, reforma y ruptura

  1. Danilovich
    20/05/2010 at 16:22

    Me ha parecido un artículo ciertamente interesante.

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