La España sin pulso de Zapatero

Hoy, en 2010, la realidad política española se presta al mismo diagnóstico que emitió Francisco Silvela hace ahora 112 años: España está sin pulso. No se ha producido en esta ocasión una derrota militar aplastante que quebrante la fibra moral de la Nación. No se han perdido territorios de ultramar bajo soberanía española. No ha habido una repetición del Desastre. Sin embargo, la crisis política y social que vive España en la actualidad es igual o más honda que aquella que acertaron a diagnosticar Silvela y los regeneracionistas.

El Reino de España adolece de uno de los defectos inherentes a los sistemas democráticos: la politización absoluta de la vida social. Nada puede escapar a la omnipotencia legislativa de las Cámaras, alimentadas en su frenesí por un Gobierno entregado a la transformación de la sociedad. Efectivamente, España carece de pulso no porque falte vigor político en el Gobierno, al contrario, hay más del que los ciudadanos podemos tragar. España está sin pulso porque la izquierda ha triunfado. Y este triunfo es completo y probablemente irreversible. Comprenda el lector que no me refiero a una perpetuación del PSOE en el poder (que, no obstante, podría producirse, no en vano se trata de una aspiración histórica de ese partido, habiendo aspirado a ella, por ejemplo, los ahora admirados y añorados Felipe González y Alfonso Guerra). Cuando hablo de triunfo de la izquierda me estoy refiriendo al desmantelamiento del Estado liberal, a la secularización total de la sociedad, al menoscabo de la familia, a la promoción de la igualdad y la identidad. Estoy hablando del fomento del odio de clase, del falseamiento de la historia, del intervencionismo catastrófico en materia económica y de la desincentivación consciente del ahorro, del feminismo elevado a la categoría de dogma y de la creencia en la infalibilidad del ser humano.

Este veneno instilado por la izquierda ha contaminado no sólo a buena parte de la sociedad, sino también a la derecha que se supone liberal. Ésta reniega de sus orígenes, y sus miembros jamás se presentan como derechistas ni como liberales. El primer término se ha convertido en un insulto genérico, como antaño lo fueron los calificativos de “comunista” o de “masón”. El segundo, ha sido desterrado para siempre del lenguaje político, quizá porque liberales, liberales, desde 1975 en España ha habido muy pocos, o quizá porque se asocia con los ocho años de Gobierno de José María Aznar, un presidente del Gobierno sometido a una damnatio memoriae comparable a la que sufre el general Franco. Qué casualidad que las dos bestias negras de la izquierda española hayan sido sus dos grandes verdugos en el siglo XX: Franco, manu militari; Aznar, pacífica y democráticamente. En cualquier caso, para hacer política se precisan ideas, y el Partido Popular actual carece de ellas. Este partido ha asumido el discurso de sus otrora adversarios ideológicos, comportándose de manera reactiva y mostrándose incapaz de contener y revertir una situación que sólo cabe calificar de revolucionaria.

Porque ese ingeniero de almas que es José Luis Rodríguez Zapatero, artífice del inconstitucional Estatuto de Cataluña, está encabezando un proceso de ruptura política. Considera que la Transición fue un mal necesario: fue útil para el desmantelamiento del régimen del 18 de julio, pero el pacto ha quedado desfasado debido a los cambios experimentados por la sociedad española en los 35 años transcurridos desde la muerte de Franco. Zapatero está llevando a cabo, pues, la ruptura política que no tuvo lugar durante la segunda mitad de los años setenta, aunque pacíficamente y desde la legalidad. La Constitución de 1978 (todo lo imperfecta que se quiera, especialmente los Títulos VII y VIII, repletos de concesiones a los partidos de izquierda y nacionalistas, respectivamente) es a día de hoy una cáscara muerta, inútil como límite legal a un proceso constituyente de facto sin final a la vista.

La ruptura es pacífica porque aquellos que se oponen al cambio de régimen no se han movilizado. Muchos de ellos siguen creyendo que el Partido Popular puede detener el proceso mediante el ejercicio ordinario de la labor de oposición. Se equivocan. El Partido Popular, como el resto de partidos políticos con representación parlamentaria, salvo quizá UPyD, han aceptado la voladura del régimen liberal español. La deriva revolucionaria sólo podría invertirse mediante un “golpe de timón”, una firme acción de Gobierno de carácter reaccionario que aboliera las conquistas de la revolución de Zapatero. Huelga decir que el Partido Popular actual no tiene el menor interés por liderar semejante contrarrevolución. Sus líderes tienen como única aspiración ganar las próximas elecciones generales y asumir el control del proceso de ruptura. No tienen la voluntad ni la capacidad para revertirlo, como demuestran la renuncia al planteamiento del debate político en términos ideológicos y su actitud pusilánime y meliflua frente a sus adversarios políticos.

La Ley de Memoria Histórica, la retórica guerracivilista y la reivindicación del régimen caótico y sangriento de la Segunda República (que en realidad es el ensalzamiento del Frente Popular), preludio de nuestra Guerra Civil, son probablemente las manifestaciones más perversas y obscenas de la hegemonía izquierdista en España. Resulta significativo que un régimen jacobino como aquél, emanado de unas elecciones municipales que no se habían convocado para decidir la forma de Estado, y que desembocó en una guerra civil, sea el modelo para quienes nos gobiernan. Algunas de las fuerzas que vertebraron aquel régimen y que guiaron la política del bienio de izquierdas (1931-1933) y del posterior Frente Popular (1936) se hallan plenamente activas en la España actual. Me estoy refiriendo al jacobinismo, al socialismo, al democratismo (esto es, la democracia elevada a la categoría de dogma) y a la masonería. El objetivo tradicional de ésta ha sido y sigue siendo la secularización total de la sociedad, una tarea a la que sirve espléndidamente la asignatura de Educación para la Ciudadanía, promovida por la masónica Fundación Cives.

Para que España recupere el pulso no son precisos, entiendo, los servicios del “cirujano de hierro” invocado por Joaquín Costa. Semejante advenimiento resultaría contraproducente y podría acelerar la desintegración del régimen liberal. Se requiere, en síntesis, la defensa y promoción de la libertad negativa y el abandono de la libertad positiva. Algo utópico e inviable en términos políticos.

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