Occidente, cristianismo y catolicismo

Ante las más crueles y dolorosas manifestaciones de los totalitarismos marxista-bolivariano y yihadista-salafista, desde algunos sectores liberales se reivindica con frecuencia la vigencia y superioridad de unos valores supuestamente “occidentales”, cuando no de la cultura occidental misma. Una cultura milenaria, fusión entre lo grecorromano y lo judeocristiano que alcanza, supuestamente, su expresión más perfecta en el sistema de democracia liberal. Algunos liberales, pseudoliberales y criptosocialistas españoles creen, en efecto, que Occidente ha seguido un progreso lineal desde las Guerras Médicas en el siglo V a.C. hasta la caída del Muro de Berlín en 1989, y que los enemigos de la “libertad” actúan movidos por ideologías contrarias a esa concepción de la historia como avance inexorable. Empero, tanto el socialismo, en cualquiera de sus manifestaciones, como, por sorprendente que pueda parecer, el yihadismo-salafismo, son también manifestaciones de esa cultura occidental. Así, el rastro del socialismo se remonta no ya a Saint-Simon o Fourier, nacidos no en la China de la dinastía manchú precisamente, sino a Tomás Moro y su Utopía, e incluso a los movimientos cátaro, lolardo y taborita. Asimismo, como sostiene el profesor Fred Halliday del London School of Economics, el islamismo en su vertiente salafista persigue objetivos terrenales homologables a los del nacionalismo étnico que los europeos conocemos desde el siglo XIX, valiéndose para alcanzarlos de la “propaganda por el hecho”, es decir, del terrorismo, que ya había sido empleado por grupos árabes nacionalistas y seculares como la OLP, y que tampoco resulta ajeno ni mucho menos a la cultura occidental.

Existe, desde luego, una cultura occidental, pero ésta a lo largo de los siglos se ha mostrado variable, heterogénea y contradictoria, experimentando avances y retrocesos, y engendrando algunas formas de pensamiento que han perseguido, persiguen y perseguirán la transformación en sentido revolucionario de la civilización que las generó. La defensa de la cultura occidental como un todo orgánico sólo tiene sentido si se reivindica su decisivo componente cristiano, y en el caso español y de buena parte de Europa occidental y central, católico. En realidad, sólo la teología católica posee la unidad y firmeza necesarias para convertirse en estandarte de una “cultura” occidental, al menos las poseía hasta el Concilio Vaticano II.

Por tanto, preconizando la universalidad de unos valores occidentales catastróficamente secularizados y desnaturalizados, los que se precian de liberales en Occidente emponzoñan el debate de ideas y, aunque actúan de buena fe, terminan dejando a los que se juegan la vida defendiendo la libertad allí donde está amenazada inermes ideológicamente frente a sus enemigos.

Agencia Brasileña¿Qué tienen que decir nuestros occidentalistas acerca del avance de la secularización en los países desarrollados? ¿Acaso la descristianización de Europa y de Norteamérica no supone la pérdida de uno de esos valores consustanciales a Occidente? Una secularización que no solamente alcanza a los países oficialmente laicos como Francia, también a Estados aconfesionales como España, y cuyo alcance en Europa y Estados Unidos es tan grande que no puede obedecer únicamente a unas políticas más o menos contrarias a las religiones cristianas y a la marea materialista generada en las sociedades de consumo. En el caso del catolicismo, los errores cometidos por la Iglesia durante la segunda mitad del siglo XX han sido gravísimos, concentrados en la aplicación de las reformas aprobadas en el Concilio Vaticano II. De la autocrítica se pasó a la “autodemolición”, en una deriva catastrófica que Juan Pablo II desde la Silla de Pedro y el cardenal Ratzinger (hoy papa Benedicto XVI) al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe hicieron todo lo posible por contener. La “apertura” de la Iglesia al mundo deseada por Juan XXIII y Pablo VI ha tenido unos efectos deletéreos sobre la disciplina del clero y la pureza del dogma, siendo la Teología de la Liberación, un producto de teólogos europeos como Karl Rahner exportado a Hispanoamérica, y la crisis de la Compañía de Jesús tras el acceso al generalato de Pedro Arrupe, dos de las manifestaciones más trágicas de la puesta en práctica de las reformas aprobadas en el Concilio. Así, los clérigos católicos latinoamericanos que abrazaron la Teología de la Liberación desde finales de los años sesenta no predicaban la palabra de Dios sino el marxismo-leninismo, al servicio de la alianza estratégica de cristianos y marxistas diseñada por Fidel Castro desde La Habana.

Reflexionar críticamente sobre la secularización no significa abrazar los dogmas cristianos. No se está abogando en estas líneas por la instauración de regímenes católicos, se está exponiendo simplemente que esa cultura occidental a cuyos valores se apela con tanta frecuencia no es un bloque monolítico, y que la renuncia, expresa o tácita, a su carácter cristiano la despoja de uno de sus fundamentos, su principal fundamento quizá. La inculcación a cargo del Estado de cualquier moral, incluida la cristiana, resulta rechazable por constituir una injerencia en la esfera privada del individuo, en su conciencia. Asimismo, el concepto mismo de moral cristiana resulta insuficiente como cuerpo de doctrina ética. En efecto, el Evangelio, tal y como nos recordaba Stuart Mill, siempre se refiere a una moral preexistente y limita sus preceptos a los particulares. En cualquier caso, los que defienden la existencia de una moral cristiana perfectamente definida, fruto del Magisterio de la Iglesia, deberían admitir, y no suelen hacerlo, la consustancialidad entre la condición humana y el pecado. Donoso Cortés en su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo llega a afirmar que es precisamente la libertad para escoger, la libertad negativa en sentido berliniano, lo que aleja de Dios a la criatura y la conduce al pecado. Según el gran pensador liberal y católico, el verdadero libre albedrío del hombre descansa en la voluntad y en su facultad de entendimiento, siempre desde la más estricta sumisión a Dios. Desde ese punto de vista, un católico debería aceptar la inevitabilidad del pecado y no buscar formas para erradicarlo por medios terrenales, esto es, mediante la acción del Estado.

En definitiva, cuando se alude a unos valores occidentales hay que conocer cabalmente cuáles son esos valores, y reflexionar sobre los perjuicios que en forma de utopías colectivistas Occidente ha infligido al mundo desde la toma de la Bastilla en 1789.

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