A esos hombres extraordinarios

Ceuta y Melilla son dos ciudades españolas que por designio de la historia están situadas al norte del Continente Africano. Allí, al otro lado del Mar Mediterráneo (para quienes habitan de este lado), las fronteras entre el Tercer y el Primer mundo se estrechan de tal manera que los menos afortunados intentan dar el salto de sus vidas hacia el lado que corresponde a Europa. Dos continentes separados por una valla compuesta por alambres de púas, con una altura aproximada de cinco metros.

Ceuta y Melilla dos ciudades españolas en Africa

Llegados de diferentes regiones de África, luego de imposibles recorridos a pie, castigados por un sol abrasador y llevando consigo sólo lo puesto, un centenar de hombres intentan diariamente atravesar la valla fronteriza que separa a Marruecos de las ciudades señaladas, con el objetivo de alcanzar una mediana dignidad que les garantice, al menos, la supervivencia; ya que en los tiempos que corren no pueden pretender mucho más del Viejo Continente.

Durante el último año el número de africanos que ha probado suerte en este desesperado asalto ha descendido notoriamente por razones que a nadie escapan. Europa ha dejado de ser la meca y se ha convertido -en el mejor de los casos- en un simple refugio. La pobreza extrema, el hartazgo por el inmovilismo político y la necesidad de democracia han encendido la mecha de protestas sociales en el Magreb y Oriente Próximo, la sequía y el hambre arrasan con Somalía, Kenia, Etiopía, Uganda, Senegal, Mauritania, Guinea, Camerún, Sudán y otras regiones del continente; por lo cual la ola de emigrados continúa fluyendo hacia Europa. Escondidos en la penumbra de la noche, y siguiendo el modus operandi de sus antecesores, estos seres humanos a quienes una vez concluída la travesía -si la sobreviven- la prensa rebautizará bajo la falaz denominación de “ilegales”, fabrican escaleras con troncos y ramas para aguardar luego el momento de menor vigilancia fronteriza. Al otro lado, claro está, la Guardia Civil despliega a sus efectivos para evitar su entrada a terrotorio europeo. Armados como si de una guerra se tratase, los agentes se dispersan en grupos considerables y, llegado el caso, disparan al aire para persuadir a quienes pretenden llegar al lado español.

En 2006, uno de los años de mayor afluencia de inmigrantes provenientes de Africa, el Ministerio de Defensa de España ordenó la participación del ejército y otros grupos militares para frenar el avance migratorio. Aún así, cientos de hombres y mujeres repitieron el intento a sabiendas de las heridas que las púas provocan en sus cuerpos, y de las brutales palizas que la policía suele darles a ambos lados de la frontera. Las cámaras del informativo de Televisión Española registraron en 2007 el momento en que un hombre de nacionalidad magrebí era apaleado por cuatro policías marroquíes.

Inmigrante Mohamed tras cruzar la vallaEllos, los “ilegales”, no desconocen esta realidad. Como tampoco desconocen que cada noche un “compañero” se desangra entre los alambres. Pero, víctimas de un olvido imperdonable, prefieren enfrentarse al reto al igual que quienes lo hacen en las improvisadas embarcaciones que día tras día naufragan en el Mediterráneo. (Sólo en los primeros cinco meses de 2011 murieron 2000 personas. Más de 600 eran niños).

Es evidente y estremecedor. Por mar o por tierra los olvidados reivindican su naturaleza de seres humanos. No saben de globalización, leyes o estatutos. Ni siquiera de crisis financieras ni de riesgo país. Desconocen el funcionamiento de cajeros automáticos, algunos nunca vieron un móvil multimedia o una cámaras digital, no saben de fast foods y sus atuendos no representan gran cosa para la semana de la moda de ninguna capital. Cuando el hambre apremia, poco tiempo queda para nimiedades de como las antedichas. Para algunas señoras mayores, se trata de gentuza. Para algunos medios de comunicación, también.

Los valores que se enarbolan en Europa hacen hincapié en la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de Derecho, los derechos humanos, incluídos los de las personas pertenecientes a minorías. “Estos valores”, reza el artículo 2 del tratado de la UE, “son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre hombres y mujeres”.

El pasado 1 de mayo, tras el malestar expresado por Nicolás Sarkozy y Silvio Berlusconi respecto del “problema migratorio”, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, habló de la posibilidad de restablecer las fronteras interiores, como ya hizo Francia, para impedir la entrada de inmigrantes tunecinos que ingresan a la Unión Europea a través de Italia. “Es una posibilidad que se está planteando para reforzar la seguridad de todos los ciudadanos europeos”, dijo Barroso, como si la miseria de unos representase la inseguridad de otros; es decir, criminalizando a la pobreza.

La decadencia que ahora experimenta Europa, el reto que significa la oleada de descontentos locales que crecen minuto a minuto, los estallidos sociales, los índices de desocupación alarmantes que afectan a países que hasta hace poco eran potencias, no representan un mal augurio. Por el contrario, esta decadencia significa un enorme signo de esperanza. Si la Comunidad Europea fuera un modelo indiscutible de sociedad plural y cumpliese a rajatabla los objetivos con los que fue concebida, entonces sí que esta decadencia sería un síntoma negativo. Es por esto que, en todo caso, el desmoronamiento que ya ha comenzado no deja de ser un síntoma positivo, una grieta por donde se resquebraja este modelo para que otro -quizás-, más justo y humano, se ponga en marcha.

Es extraño. Me refiero a los méritos que conducen al respeto. Aquí, en esta Europa hasta ayer privilegiada por una economía en crecimiento, el hombre gana el respeto y la admiración de ciertos terceros (pero notorios) mediante la adquisición de, pongamos por ejemplo, un coche imponente que materialice la máxima “Tanto tienes, tanto vales”. Un informativo mostraba hoy en Marbella -ciudad de lujos y despilfarro- a hombres, mujeres y niños posando delante de diferentes automóviles de alta gama con el fin de tomarse una fotografía, mientras que el propietario de dicho artilugio descansaba indiferente dentro del mismo, cual dios de esta nefasta Era.

Este que escribe pretende resaltar el valor y el coraje de los hombres extraordinarios que desafían vallas y se juegan la vida tan sólo para seguir viviendo. Me niego a salir en otra foto que no sea esta. Me niego a mostrar cualquier síntoma de admiración por quienes pagan el respeto en cómodas cuotas. Me niego, incluso, a exigir nada. Porque a estas alturas -usted comprenderá- soy escéptico a cualquier cambio. Aún así considero oportuno el intento mediante la modificación absoluta de lo que creemos respetable y digno de mención. Fíjese, sin embargo, la paradoja que este artículo representa. Ese hombre extraordinario que salta vallas jamás sabrá que le he escrito.

Walter C. Medina

Walter C. Medina nació en Necochea, Argentina, en 1971. Es periodista y crítico cinematográfico y ha trabajado en diversos medios de comunicación argentinos y españoles. En 1998 trabajó en la redacción del periódico El Atlántico (Mar del Plata, Argentina) y paralelamente condujo el ciclo de música "Polución Nocturna", en D-Rock FM. Al año siguiente inició una sección de crítica cinematográfica en el programa "Perros de la Calle", de Rock & Pop Beach FM, y en esa misma emisora condujo el ciclo "Mariposa Pontiac" en 2000. En 2001 creó "Bonus Tracks", un espacio de música y cine en Esatción K2 FM. En España colaboró con medios como BN Mallorca, YMalaga, Malaga 21, io-Fusion TV, Honey Digital Productions (Documental "Europa/Bis" realizado en Polonia) y la agencia de noticias PuntoPress. Trabajó en la cobertura de festivales de cine, de teatro y de jazz. En 2006 su artículo periodístico "La Niña del Acordeón" resultó finalista del certamen literiario que organizó en Madrid Cyan Editorial y que fue presidido por la escritora Almudena Grandes. ("Interculturalidad". Cyan Editorial, Madrid 2006). Como colaborador, sus notas se publican en medios gráficos como Inrockuptibles, Rock.com.ar, La Red 21, Portal del Cine y el Audiovisual Latinoamericano y Caribeño, Revista Dale, Periódico Diagonal y el diario La Nación, entre otros. 

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