Los judíos ortodoxos toman Brooklyn

barrio de williamsburgLa influencia del lobby judío es conocida en EEUU y la gran urbe del país, Nueva York, acoge a célebres personajes de esta religión como Woody Allen, que ha contribuido a grabar en el imaginario popular fotografías de Central Park o el Puente de Brooklyn. Si un curioso no neoyorkino cruzase este puente o decidiera andar un poco más al norte y atravesar el East River por el Puente de Williamsburg su sorpresa sería mayúscula y por su mente surcaría una idea ¿estoy en un asentamiento ilegal de ortodoxos en Cisjordania o en el Nueva York liberal que teme el medio oeste puritano de EEUU?

Ante nuestros ojos, por doquier, tirabuzones desde las patillas, niños con la kiphá a los que no ves compartir juegos con sus compañeras de colegio, decenas de mujeres cortadas por el mismo patrón, corte de pelo por encima de los hombros, acompañado de un pañuelo sobre su cabello, idénticas faldas por debajo de las rodillas, gris y negro en las vestimentas de hombres y mujeres, una clara delimitación de los dos géneros… Es el corazón de Williamsburg, el barrio hipster de Nueva York, donde los judíos jasidicos imponen sus normas y aprovechan su explosión demográfica.

 El jasidismo en la corriente más ortodoxa dentro del judaismo, cuyo origen se encuentra en Rumanía aunque posteriormente vivió de una amplia expansión en Hungría. Y en Williamsburg están los satmer,  los ortodoxos entre los ultraordoxos, que ordenan a sus mujeres taparse el pelo para no excitar a un hombre que no sea su marido -igual que sus queridos musulmanes wahabitas con los velos- eso las pocas que lo tienen porque, según se casan, lo normal es que se lo rapen; que practican una estricta separación entre niños y niñas; que hablan el yiddish porque creen que el hebreo moderno es una creación del sionismo, movimiento político que rechazan ya que no deben volver a la Tierra Prometida por la fuerza sino gracias a la llegada del Mesías.

 Todo esto, y más, verán y oirán los perplejos visitantes de Williamsburg. Y apreciarán el conflicto social que ya se vive en el barrio, un enfrentamiento entre dos clases de barbas, una religiosa y otra que bebe del espíritu de Woodstock. El estricto código de conducta de los jasídicos no acepta los pantalones cortos, los escotes o los piercings de sus vecinos hipsters, a los que por cierto alquilan pisos a precios desorbitados después de especular con diamantes en el East Side de Manhattan. Por eso proliferan los carteles donde se advierte al cliente que si viste de esa guisa no puede entrar en el establecimiento y por eso una policia no oficial, la Shomrin, patrulla el vecindario para vigilar posibles desviaciones en la conducta de algún miembro de la comunidad religiosa.

 Un código que trata de imponer también sus normas en el transporte. El visitante verá que los típicos autobuses amarillos estadounidenses están escritos en yiddish, y no inglés, y que los carriles bicis que se extienden por la Gran Manzana aquí están amenazados por los todoterrenos y monovolúmenes de los ultraordoxos, porque creen que las bicicletas suponen un peligro para su prole al no ofrecer señales luminosas o sonoras claras. Es la chispa que ha llevado a ambos bandos a reunirse sin éxito para alcanzar un acuerdo de convivencia y generado un gran revuelo en las redes sociales ante la falta de libertades en un pedazo de tierra estadounidense. Porque en el siglo XIX e inicios del XX miles de inmigrantes entraron en el país via Williamsburg, donde los grandes barcos atracaban para ofrecer un futuro más próspero, sin discriminaciones de clase, religión o vestimenta.

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