Un mundo feliz (o absolutamente estúpido)

Según indica la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión será en 2020 la segunda causa mundial de bajas laborales; y las muertes por suicidio ascenderán a 1,5 millones, por lo cual podríamos decir -permitiéndonos la licencia que otorga el humor, aunque sin intención de minimizar la gravedad que el tema reviste- que el panorama no pinta nada bien para los empresarios. Así dicho parece una broma de mal gusto, sin embargo algunos de los profesionales entrevistados en pos de este artículo aseguraron que de las consultas anuales recibidas, un gran porcentaje provienen de empresas en las cuales uno o más empleados han pedido la baja por depresión o, en el peor de los casos, de empresas que poseen el ominoso record de muertes por suicidio entre sus filas (France Telecom: 44 empleados fallecidos en 19 meses).

Es bien sabido que para ser crónicamente feliz, uno debe ser también absolutamente estúpido, tal como aseguraba Gustave Flaubert. A este respecto abundan centenares de pensamientos de ilustres personalidades que han intentado arrojar una pizca de luz a esta cuestión claroscura a la que nos referimos. Pero nos detendremos sólo en éste, ya que la intención del artículo no es promover posturas filosóficas acerca de la dicha, la tristeza o el suicidio, sino abordar una problemática que la OMS considera ya “la epidemia del Siglo XXI”.

Si bien la tristeza es parte ineludible de la condición humana, algunas compañías farmacéuticas pretenden hacernos creer que se trata de un trastorno mental. El leitmotiv parece ser “Prohibido estar triste”, y bajo esta premisa se comercializan toda clase de pócimas para evitar o interrumpir el proceso natural de la tristeza. Pero la pelea por hacerse con el producto que definitivamente nos convierta en felices (o en estúpidos) crónicos, no se limita a los laboratorios medicinales, sino que sincroniza a la perfección con el advenimiento de mercaderes de la felicidad humana que se explayan en foros en donde no hay cabida para las malas nuevas (www.myhappiness.com), mesías de la autoayuda y del positivismo, y un sinfín de dichosos que, a cambio de un diezmo, ofrecen su experiencia en el tema “Felicidad” mediante cursos y talleres.

La Licenciada en Psicología Marta Consuegra asegura que “negar la tristeza provoca un efecto absolutamente contradictorio. Es importante saber que los eventos negativos, normales de la vida de cualquiera, traen consigo sentimientos de angustia y pesadumbre a los que hay que enfrentarse. Es una irresponsabilidad hacer creer que si uno está triste debe recurrir a algún medicamento que combata ese sentimiento. Pero lamentablemente la industria farmacéutica responde a los mecanismos del mercado y siguiendo sus preceptos intenta vender medicinas para la felicidad. Lo más alarmante es que mucha gente se averguenza de estar triste e intenta ocultar lo que le sucede. Y esta actitud puede llevar a una persona que sólo estaba triste, a experimentar una verdadera depresión”.

La obsesión por diagnosticar como depresión lo que quizás sólo se trate de un mal momento anímico, es otro de los lugares comunes en los que caen los mercaderes de la felicidad. Según Consuegra, “muchas veces depende de los escrúpulos del profesional de turno. Por lo general ningún psicólogo aconseja la ingesta de ningún medicamento, sin embargo más allá de la psicología existen otras varientes de la medicina en donde primero te medican y luego te hacen el diagnóstico”.

La Organización Mundial de la Salud prevé que las enfermedades mentales serán la segunda causa de incapacidad en 2020. Así mismo advierte que se incrementarán las bajas laborales por depresión y otros sentimientos derivados de la tristeza, la angustia o el estrés, y el suicidio pasará a ser la cuarta causa de muerte en el mundo. Quizás debido a esto los laboratorios han comenzado ya una carrera contra reloj para inventar la píldora para ser feliz.

La sociedad del Siglo XXI, por lo que parece, no se aleja tanto de aquella que Aldous Huxley imaginó en su novela “Un Mundo Feliz”, escrita en 1932. La obligación de sonreír y simular felicidad a la que sus protagonistas debían responder, parece cobrar vigencia en estos tiempos. De todos modos este que suscribe se inclina por el poder innovador y creativo que únicamente pervive en la insatisfacción. La tristeza es necesaria; no se puede ser feliz sin antes haber experimentado un poco de desdicha. Evitemos ser crónicamente felices. De lo contrario no no habrá quien aguante tanta estupidez.

Walter C. Medina

Walter C. Medina nació en Necochea, Argentina, en 1971. Es periodista y crítico cinematográfico y ha trabajado en diversos medios de comunicación argentinos y españoles. En 1998 trabajó en la redacción del periódico El Atlántico (Mar del Plata, Argentina) y paralelamente condujo el ciclo de música "Polución Nocturna", en D-Rock FM. Al año siguiente inició una sección de crítica cinematográfica en el programa "Perros de la Calle", de Rock & Pop Beach FM, y en esa misma emisora condujo el ciclo "Mariposa Pontiac" en 2000. En 2001 creó "Bonus Tracks", un espacio de música y cine en Esatción K2 FM. En España colaboró con medios como BN Mallorca, YMalaga, Malaga 21, io-Fusion TV, Honey Digital Productions (Documental "Europa/Bis" realizado en Polonia) y la agencia de noticias PuntoPress. Trabajó en la cobertura de festivales de cine, de teatro y de jazz. En 2006 su artículo periodístico "La Niña del Acordeón" resultó finalista del certamen literiario que organizó en Madrid Cyan Editorial y que fue presidido por la escritora Almudena Grandes. ("Interculturalidad". Cyan Editorial, Madrid 2006). Como colaborador, sus notas se publican en medios gráficos como Inrockuptibles, Rock.com.ar, La Red 21, Portal del Cine y el Audiovisual Latinoamericano y Caribeño, Revista Dale, Periódico Diagonal y el diario La Nación, entre otros. 

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